Una enfermedad no sólo afecta a la persona que la padece, sino que tiene una repercusión social que muchas veces obviamos. Familiares, amigos y cuidadores sociosanitarios sufren en silencio sin atreverse demasiado a hablar de su propio sufrimiento, siempre colocándose como cuidadores, nunca al otro lado.

Noches sin dormir, ver cómo un ser querido va perdiendo facultades, ser testigo cada día de su sufrimiento, de su miedo y angustia. También el deseo de ayudar y el no poder hacer más, el querer dar tanta energía a la madre, padre, hijo, suegro, amigo, que ya no te queda nada para ti. Arrastrar los pies llevando a su hijo a la escuela y volver corriendo al hospital, alimentándose de bocadillos y café, pasarse el día coleccionando anécdotas que poder contarle. Y sobre todo, sintiendo como se va el amor de su vida, la esperanza de un paciente que se aprecian de verdad, la autonomía de la abuela que hacía las mejores tortillas de patatas, la dulzura de una madre, la serenidad de un amigo de la infancia… 

Y mientras esto ocurre, siguen allí, cogiéndoles de la mano, estando a su lado. Por dentro lloran, por fuera sonríen: «tengo que ser fuerte» «no me puede ver triste» «ahora no puedo pensar en mí, tengo que aguantar» «por dentro estoy destrozada pero debo parecer contenta”. Estos, entre muchos otros, son comentarios con los que se llenan los pasillos de un hospital, las salas de espera, los comedores de las residencias, etc.

¿Por qué está tan silenciado el sufrimiento del cuidador?

Para empezar, porque la repercusión que tiene no es física, sino psicológica y tendemos a pensar que estas son de segundo orden. Esta forma de concebir al ser humano, se adecua poco a la realidad. Lo que tiene un efecto especialmente negativo en casos de enfermedad u otros episodios vitales difíciles. En los que dejar de lado la parte emocional puede terminar en situaciones muy complicadas de gestionar.

También, porque nos da miedo que la persona enferma sepa que sufrimos por ella, lo que quizás va hacerle sentir culpable, más triste o con menos fuerza para afrontar la enfermedad. Este pensamiento, que tenemos muy interiorizado tiene que ver con una visión colectiva, y en nuestra opinión equivocada, sobre el hecho de no permitirnos ser cuidado y a la vez cuidador. Parece ser que un cuidador que también necesita ser cuidado no es lo suficientemente valiente, no es lo suficientemente capaz. Y que el enfermo sólo debe ser cuidado, nunca cuidador. Esto, aunque no parezca así, acaba repercutiendo emocionalmente a las dos partes. Que te quiten la capacidad de cuidar a tus seres queridos es muy doloroso, el momento en el que ya no puedes dar, sólo recibir. Recibir es agradable y muy necesario en situaciones de enfermedad, pero debe estar equilibrado con el dar. En exceso, ninguna de estas dos direcciones nos hace sentir bien.

¿Qué podemos hacer para cuidar sin tanto sufrimiento?

  • No olvidarnos de nosotros mismos, de nuestro propio cuidado y atención. Porque la mejor forma para poder cuidar y transmitir buena energía al otro es cultivando el propio bienestar. Durmiendo bien, comiendo y bebiendo de forma saludable.
  • Intentar seguir haciendo y manteniendo actividades que nos gustan y que nos hacen sentir bien. Hacer el esfuerzo de no perder de vista aquello que nos hacía feliz antes de que esta situación llegara a nuestras vidas.
  • Compartir experiencias, vivencias e impresiones con otros cuidadores puede hacernos sentir acompañados. Es una forma de saber que no estamos solos en este proceso tan complicado y una oportunidad para aprender y enseñar.
  • Crear espacios de ocio compartidos con la persona enferma, aunque sea en el hospital, en casa o en la residencia. Intentar crear arte juntos, escuchar música, comentar las noticias, oler un aroma, recordar algún momento juntos.
  • O bien, ofreciéndole a nuestro familiar enfermo la oportunidad de construir y regalar algo útil o bonito a nosotros sus familiares y amigos, también de enseñarnos algo, por ejemplo explicando cómo cocinar algún plato del que se sientan orgullosos y orgullosas.

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